viernes, 8 de julio de 2016

Justicia social fragmentada

Cuando la realización de los fines del Estado se convierte en un acto de favor,
 de misericordia!, cuando las oportunidades caen dentro de las reglas del mercado,
 predicar el carácter –social– de un Estado que incumple sistemáticamente
 ese fin fundamental, generar oportunidades, fuente de la verdadera paz, 
se torna en una injusticia en sí misma, que debe ser enmendada para
 la perdurabilidad del sistema, y para facilitar que cada ciudadano
 pueda cumplir con sus expectativas, ...


Hace falta otra institución, otra ley, otra constitución.. para lograr los fines de la justicia social? Colombia es un país que ha hecho carrera en la creación de instituciones, en la expedición de leyes encaminadas, en teoría, al cumplimiento de los fines del Estado Social.

La estructura es tremendamente admirable, sin nada que envidiar a los sistemas vecinos. Es una estructura de excelentes intenciones, y se justifica partiendo de la idea de que Colombia es un estado social… , democrática, participativa y pluralista, fundada en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas que la integran y en la prevalencia del interés general

Esos principios, son la Constitución misma, constituyen las reivindicaciones que han sido logradas por la ciudadanía a lo largo de la historia, a través de las luchas que aún hoy se plantean en un sin número de situaciones de la vida del país.

Esos principios, son, a la vez, el punto neural para el afianzamiento de la legitimidad democrática. Hoy, como siempre, son un punto de llegada, dentro de un largo camino hacia una sociedad de iguales. El punto de quiebre, entre la Constitución y la realidad, creo, radica en las oportunidades para ser. El germen del descontento social, de la apatía participativa, son la resultante de un Estado que no está a la altura de las principales demandas de la sociedad, el pacto, el contrato social llega a un punto de quiebre, cuando las prestaciones no llegan o no satisfacen las demandas de la ciudadanía, o porque el marco de de justicia no se dirige a crear capacidades en la ciudadanía.

Un Estado que se proclama social, no puede desplegarse dentro de la pobreza y la falta de oportunidades. Un Estado que no supera dichos bordes, incumple el acto de fe, el acto fundante proveniente de la misma ciudadanía. La Constitución es un instrumento que deposita las ilusiones de la gente, y no puede perderse de vista que su origen radica en hacer posible la vida de la gente. En consecuencia, la fuerza de este documento fundante no puede mostrarse distante de la vida social, hoy, en muchos casos, sus cláusulas aparecen oscuras para la ciudadanía, más allá de nuestra vista, no porque estén ocultas, sino porque la interpretación de estas resultan distantes, o no se inclinan firmemente hacia la transformación de la vida social, por entendimientos muy complacientes o demasiado apurados… O porque simplemente, la autoridad responsable de hacer realidad los fines del Estado, no cumple cabalmente con su tarea.

Cuando la realización de los fines del Estado se convierte en un acto de favor, de misericordia!, cuando las oportunidades caen dentro de las reglas del mercado, predicar el carácter –social– de un Estado que incumple sistemáticamente ese fin fundamental, generar oportunidades, fuente de la verdadera paz, se convierte en una injusticia en sí misma, que debe ser enmendada para la perdurabilidad del sistema, y para facilitar que cada ciudadano pueda cumplir con sus expectativas, sus planes, que cada individuo del territorio colombiano pueda emprender una vida activa dentro de la sociedad, que cada persona tenga acceso a las prestaciones que demanda una vida empoderada y feliz.

Cuando esas condiciones no se cumplen en la mayoría de la ciudadanía, una de ellas, el acceso a las oportunidades, ese estado de cosas que plantea la doctrina constitucional, se traduce en una situación que condena a un sinnúmero de colombianos a enfrentarse contra una infinidad de límites que en su mayoría resultan infranqueables. Unos ciudadanos transitan por el borde de la falta de oportunidades, otros caminan en un borde intermedio, algunos logran alcanzar el anhelado sueño de vivir una vida de oportunidades. Esta es la meta real de aquellos Estados que trazaron ese objetivo como condición misma de su existencia, para lo cual trazaron objetivos muy claros sobre qué tipo de Estado querían, el cómo y cuál nación caminaría dentro de su territorio, participando activamente dentro de la  vida social y democrática, ejerciendo los derechos individuales en cabeza de cada uno de los habitantes del Estado, influyendo dentro de las esferas en las cuales recae la misión de hacer realidad el Estado Social, transformando bienes y prestaciones en capacidades, poniendo estas al servicio de la sociedad para la satisfacción de las necesidades de la gente.

Sin embargo en Colombia la justicia social está fragmentada, debilitada, porque un gran número de ciudadanos han transitado un largo camino de desigualdades, sin disfrutar de los privilegios y de las posibilidades que debe garantizar un escenario democrático. Por eso es difícil trazar una línea que delimite conflicto / posconflicto, porque si bien ha disminuido el uso de las armas, las secuelas de un largo conflicto no sólo se hallan dentro del territorio, sino incrustadas en el alma y en el recuerdo de muchas víctimas, las que aún luchan por salir de las honduras que produce el dolor y la soledad.

Sólo en la medida en que el Estado garantice los mecanismos y las prestaciones para hacer posible la ciudadanía, en aquel momento en que la justicia social opere en realidad y contribuya a la realización de los planes de la gente, habríamos superado las brechas que exacerbaron las injusticias, germen de un largo conflicto que permeó, junto con el narcotráfico y la corrupción, el devenir de un Estado que pasaría a considerarse fallido, inmerso dentro de una narrativa de deshumanización, en la que a un gran número de colombianos les fue arrebatado el rasgo humano, su humanidad quedó a merced del encallecimiento espiritual del opresor.

Por eso es necesario sintonizar paz, justicia y reconciliación, para no frustrar el sueño de todos los colombianos porque esta historia de guerra no vuelva a repetirse, como garantía de un nuevo rumbo para un país que merece una nueva oportunidad, superando las barreras que han impedido su desarrollo, como la intolerancia, la corrupción, la ingobernabilidad y la falta de oportunidades.

Es el momento de realizar los cambios que demanda hacer realidad la justicia social, es el momento de superar las condiciones de ineficacia de la justicia social, profundamente excluyente y fronteriza, poniendo en marcha las transformaciones institucionales, que unan las partes disgregadas que han impedido que las instituciones colombianas cumplan a fondo sus funciones, como verdaderos escenarios que satisfagan las demandas sociales, y como plataformas que hagan posible la solidaridad y el reconocimiento de todos en medio de nuestras diferencias.

jueves, 30 de junio de 2016

LA PAZ DURADERA

La firma del acuerdo de paz se configura como el momento a partir del cual la paz debe hacerse posible.

El entusiasmo debe enfocarse a que entre todas y todos, nos abramos a la idea que marque el inicio donde el yo, el nosotros, se construya conjuntamente, dentro de espacios de cordialidad y reconocimiento de nuestra igual dignidad. Para ello hay que sanar las heridas que dejó un largo camino de reificación, de desigualdad y de desprecio, un largo camino de una Colombia deshumanizada y plagada de injusticias, un camino infinito donde las oportunidades no surgían ni a manera de espejismos, porque ese estado de ánimo surgido en un país lleno de heridas y de brechas sociales, no permitía salir al camino de la vida, ese camino al que todos estamos llamados a recorrer sin los embates de un país tremendamente injusto.

La paz como camino es una disciplina, y debemos disciplinarnos para estar a la altura de ese reto, la paz como camino es un campo fértil donde todos estamos llamados a sembrar y hacer participes de la cosecha a aquellos que han transitado en las honduras de la soledad, de la angustia y el afán sobrevivir sin vivir a plenitud. La paz implica abrir nuestras fronteras, y dejar que los que viven sin lecho, crucen el borde de nuestra iniquidad e indiferencia. Abrir nuestros bordes, frente a aquellos que eligieron un camino diferente, por fuera de la Supremacía de la Constitución, reconociéndonos mutuamente dignos, con la capacidad de escribir el nuevo capítulo que todas y todos anhelamos.

Es tiempo de paz, es el momento para descubrir, por fin, el significado de las primeras palabras consignadas en la Constitución, o reescribirlas para que el pacto incluya a todos, no sólo a quienes se mantuvieron por fuera del Estado de Derecho, sino a aquellos que creyendo estar adentro, nunca pudieron abrazar el anhelo de un Estado Social.

La firma de la paz implica que una multitud de personas, que estuvo al margen de la vida democrática, sea reconocida por tod@s como ciudadanos con pleno derecho a ser partícipes del destino de nuestro país, y que algún día podamos decir, en honor a las víctimas, que Colombia se dio una oportunidad para que todos nos reconozcamos como congéneres con un territorio común y con un proyecto compartido desde el cual construir el camino que debemos recorrer desde ahora, para saldar la deuda de tantos años de exclusión, de sangre y desesperanza. Una Paz duradera, la hemos estado esperando desde hace mucho tiempo, que su llegada haga posible que entre todos construyamos este proyecto –Colombia– como territorio de libertad, de reconciliación, de justicia y oportunidades.

miércoles, 29 de junio de 2016

Imaginarnos para la Paz...

John Paul Lederach nos invita a imaginarnos para la paz, a generar vías de comunicación, de reconocimiento del otro, de inclusión, de igualdad de oportunidades y de participación.

El problema es que no hemos sido capaces de entender la interdependencia de los diferentes grupos de personas y procesos, y reconocer cómo pueden interactuar de forma constructiva. Hemos, en esencia, pensado demasiado sobre "la gestión de procesos" y en la "generación de soluciones" y no sobre los espacios de encuentro.

Se pierde de vista que la capacidad de las personas para abrirse y crear estos espacios, tiene sus raíces en nuestra capacidad de hablar con nuestro yo, en nuestra capacidad de tener un diálogo interno. Sólo cuando somos capaces de crear un espacio para el diálogo dentro de nosotros mismos, es que podemos pensar en crear un espacio de diálogo fuera de nosotros mismos.

En esta línea Lederach plantea las siguientes preguntas:

Cómo imaginarnos moralmente, víctimas, victimarios y el resto de la ciudadanía?

Cómo crear la capacidad para imaginar una relación con el otro?

Cómo promover la imaginación creativa?

Cómo superar el análisis dual de la realidad, aquellas interpretaciones duales y polarizadas sobre el conflicto?

Cómo asumimos -mutuamente- ese presupuesto de aceptar al diferente, al que piensa distinto?

Cómo aceptamos el riesgo de emprender el logro de la paz y que esta implica caminar a través de lo desconocido?

John Paul Lederach piensa que hemos sido incapaces de imaginarnos y crear alternativas, sobre todo en cuanto a nuestra concepción de la paz. La posibilidad de superar la violencia se forja por la capacidad de generar, movilizar y construir la imaginación moral. Se debe pues, promover la imaginación moral, “la capacidad de imaginar algo anclado en los retos del mundo real, pero a la vez capaz de dar a luz aquello que no existe”...

“Estamos creciendo en nuestra capacidad de pensar acerca de, y desarrollar, mecanismos para sostener los procesos que reducen e incluso detienen enfrentamientos armados abiertos. Sin embargo, aún estamos en pañales en lo que hace dar forma y sustentar una “justipaz” positiva, la reconstrucción de auténticas comunidades en zonas que han sufrido grandes divisiones y violencia”. 

Por eso es necesario imaginar y trabajar por una Colombia donde nuestros sueños los reciba una tierra fertil, que espiguen y den frutos, imaginando la paz, la oportunidad…, la del niño sin escuela, la de la mujer sin trabajo, la de aquella familia sin techo, la de quienes no tienen oportunidades, la de quienes habitan en ranchos de madera y lata, la de quienes reciben raciones de ..algo en la mano, la de quienes claman agua, salud y un trato humano, la de quienes no duermen de espanto, la de quienes esperan el progreso, la de quienes vieron morir a su mamá, a su hermano…, la oportunidad de quienes no tienen oportunidad en el campo.

El desafío aquí, según Lederach, “es crear espacios para que personas y grupos diferentes dialoguen en conversaciones significativas”,… y superar, en consecuencia, aquellos factores que impiden la convivencia, el encuentro, el desarrollo y la creación de capacidades en la ciudadanía...

Se deben crear capacidades para que las personas que viven o han vivido inmersas en los escenarios de la guerra, puedan imaginarse a sí mismas, artífices de su propio destino, y para aquellas que no han vivido las dificultades del conflicto, imaginando la situación de las víctimas, y tener compasión ante sus dificultades.

No hay que esperar a que la ira mute en perdón. En este punto Martha Nussbaum se inclina por considerar que es necesario liderar un cambio, una transformación que promueva, la empatía, la comprensión, el espíritu de la generosidad, el espíritu de entendimiento hacia los demás, que imaginemos la situación de otros seres humanos.

Sólo imaginandonos superaremos las fronteras infranquables que nos separan, reconociéndonos mutuamente e imaginándonos pasaremos a la creatividad y estrecharemos los lazos que nuestras diferencias rompieron, imaginándonos recíprocamente dignos contruiremos los puentes para afirmar nuestras diferencias y conducir entre todas y todos un pais que merece el surgimiento de una sociedad incluyente, justa, participativa.

Ref.

John Paul Lederach. The Moral Imagination: The Art and Soul of Building Peace (Oxford University Press, 2005)

Martha Nussbaum. Women and Human Development. The Capabilities Approach. (Cambridge University Press, 2001).