jueves, 12 de enero de 2017

Universidad y transformación en la Región Caribe

Es interesante la dinámica que se puede apreciar en la gran mayoría de las ciudades estadounidenses donde la universidad, enclavada en la ciudad, se constituye en eje de las principales transformaciones. La idea de transferencia de conocimiento, de modernización, de movilidad, de cultura, entre otros aspectos, se hace más visible desde la universidad hacia la comunidad y la ciudad donde esta radica.

La universidad trasciende convirtiéndose en agente de cambio, de transformación y progreso. En esta dinámica la universidad, fiel a sus principales objetivos, establece relaciones con los distintos sectores de la ciudad, uno de ellos, el sector político. 

En la Región Caribe esta relación debería generar una sintonía para una retroalimentación conjunta dirigida a la búsqueda de soluciones a las principales demandas sociales en un determinado espacio territorial. Demandas sociales en temas de justicia, de desarrollo humano, desarrollo económico, medio ambiente, etc.

Sin embargo, hay que cuidar que dicha relación no se convierta en un sistema de dependencia, pues en este caso la universidad pierde autonomía, objetividad y su perspectiva crítica frente a las injusticias que enfrenten los distintos sectores de la sociedad.

De ahí que resulta necesario que las universidades, especialmente las departamentales, asuman su rol como agentes de transformación en las distintas esferas. Desde esta perspectiva, el rol de la universidad abarca no sólo el escenario estrictamente académico, también debe impactar el social en general, de cara a promover los cambios sustanciales que satisfagan las principales demandas sociales. Por ello resulta necesario que las universidades departamentales focalicen su actividad investigativa en aquellos aspectos característicos de su entorno, o en los distintos problemas que impiden o dificultan la materialización de la justicia, la satisfacción de las necesidades de la población y el empoderamiento de la ciudadanía.

El fundamento de las universidades en cada uno de los departamentos de la región, tendrá que basarse en la creación o fomento de las capacidades de la ciudadanía. Más allá de la expedición de títulos, la universidad deberá poner toda su atención en el desarrollo de propuestas teóricas conectadas a la realidad social y a los problemas de la gente, en la búsqueda y diseño de mecanismos para transformar situaciones de injusticia en escenarios de inclusión y de empoderamiento de la ciudadanía, y para la superación de las brechas sociales producto de una débil responsabilidad por la justicia, de la insensibilidad social, del poco compromiso de las instituciones competentes y de la ausencia de respeto a la igual dignidad humana.

En tiempos donde los actores no asumen una responsabilidad clara, en tiempos en el que aún persisten injusticias, la universidad es un instrumento fundamental para que, desde una perspectiva crítica, asuma un rol preponderante dentro del logro de la justicia social a través de la fundamentación de los derechos, mediante el diseño de propuestas para el desarrollo y el fomento de las capacidades de la ciudadanía. En esta orientación, la universidad ha de convertirse en un agente de cambio, brindando elementos para la generación de transformaciones que hagan posible la vida social, la dinámica económica y política que se desenvuelve dentro de su entorno. Las universidades de la Región Caribe tienen una gran deuda!

miércoles, 11 de enero de 2017

Un cambio de narrativa. La narrativa de la paz

Colombia, un país de contrastes, riqueza, pobreza, oportunidades, ausencias, alegría y tristeza, emprendimiento y… clientelismo, y mil caras más, se halla en una situación fronteriza, que demanda afrontarla con inteligencia y esperanza.

El logro de la paz debe implicar un cambio de narrativa. En el camino hacia la consolidación de la paz debemos hacer esfuerzos para que alcanzar este sueño signifique un cambio de narrativa en Colombia.

Hemos vivido tanto tiempo en medio de la guerra, que toda la dinámica del país se desarrolla en entre un sin número tensiones, del poder del más fuerte, la corrupción, en una ausencia de progreso y de otros factores que nos impiden vivir y experimentar completamente la ciudadanía. El conflicto, por su parte, consecuencia del desequilibrio institucional y de la falta de garantías para la promoción de la dignidad de la ciudadanía, insertó una narrativa de la guerra, la cual debe ser superada por espacios que faciliten la reconciliación.

De la narrativa del Estado Colombiano y su dinámica institucional, de la narrativa de la guerrilla y del paramilitarismo, de la narrativa de la politiquería, debemos dar el salto hacia la reconciliación, hacia la vida en sociedad, hacia la centralidad de la vida humana, la dinámica de las oportunidades, hacia el compromiso por el progreso, y, conforme a la propuesta de Alexander Goerlach, hacia la construcción de una narrativa de la paz y de la inclusividad[i].

Un cambio de narrativa empieza desde la educación como instrumento para la promoción de una nueva ciudadanía, en la promoción de la justicia y de espacios de encuentro para la reconciliación. En la educación de las emociones, en humanizar la imagen del enemigo como forma de avanzar hacia el perdón, hacia la reconciliación, la imaginación moral y hacia el reconocimiento de nuestra común humanidad[ii]. Uri Avnery piensa que la reconciliación es imposible si cualquiera de las partes es totalmente ajena a la narración del otro, su historia, creencias, percepciones, mitos[iii].
  
Este cambio de narrativa implica abrir nuestras mentes, una narrativa que supere el escenario de horror, de desprecio y desesperanza, hacia espacios de reconocimiento, en la que se conciba la paz tal como la entiende John Gittings, como un elemento esencial para la civilización[iv].


[i] http://www.huffingtonpost.com/entry/narrative-peace-democracy_us_57f79d5ae4b0e655eab37d81
[ii] Lederach, Paul. 2005. The Moral Imagination: The Art and Soul of Building Peace. Oxford University Press. Oxford and New York, p. 24.
[iii] http://zope.gush-shalom.org/home/en/channels/avnery/1388766494
[iv] http://www.oxfordresearchgroup.org.uk/publications/articles_multimedia/narrative_peace_what_we_can_learn_history_peace_thought

viernes, 8 de julio de 2016

Justicia social fragmentada

Cuando la realización de los fines del Estado se convierte en un acto de favor,
 de misericordia!, cuando las oportunidades caen dentro de las reglas del mercado,
 predicar el carácter –social– de un Estado que incumple sistemáticamente
 ese fin fundamental, generar oportunidades, fuente de la verdadera paz, 
se torna en una injusticia en sí misma, que debe ser enmendada para
 la perdurabilidad del sistema, y para facilitar que cada ciudadano
 pueda cumplir con sus expectativas, ...


Hace falta otra institución, otra ley, otra constitución.. para lograr los fines de la justicia social? Colombia es un país que ha hecho carrera en la creación de instituciones, en la expedición de leyes encaminadas, en teoría, al cumplimiento de los fines del Estado Social.

La estructura es tremendamente admirable, sin nada que envidiar a los sistemas vecinos. Es una estructura de excelentes intenciones, y se justifica partiendo de la idea de que Colombia es un estado social… , democrática, participativa y pluralista, fundada en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas que la integran y en la prevalencia del interés general

Esos principios, son la Constitución misma, constituyen las reivindicaciones que han sido logradas por la ciudadanía a lo largo de la historia, a través de las luchas que aún hoy se plantean en un sin número de situaciones de la vida del país.

Esos principios, son, a la vez, el punto neural para el afianzamiento de la legitimidad democrática. Hoy, como siempre, son un punto de llegada, dentro de un largo camino hacia una sociedad de iguales. El punto de quiebre, entre la Constitución y la realidad, creo, radica en las oportunidades para ser. El germen del descontento social, de la apatía participativa, son la resultante de un Estado que no está a la altura de las principales demandas de la sociedad, el pacto, el contrato social llega a un punto de quiebre, cuando las prestaciones no llegan o no satisfacen las demandas de la ciudadanía, o porque el marco de de justicia no se dirige a crear capacidades en la ciudadanía.

Un Estado que se proclama social, no puede desplegarse dentro de la pobreza y la falta de oportunidades. Un Estado que no supera dichos bordes, incumple el acto de fe, el acto fundante proveniente de la misma ciudadanía. La Constitución es un instrumento que deposita las ilusiones de la gente, y no puede perderse de vista que su origen radica en hacer posible la vida de la gente. En consecuencia, la fuerza de este documento fundante no puede mostrarse distante de la vida social, hoy, en muchos casos, sus cláusulas aparecen oscuras para la ciudadanía, más allá de nuestra vista, no porque estén ocultas, sino porque la interpretación de estas resultan distantes, o no se inclinan firmemente hacia la transformación de la vida social, por entendimientos muy complacientes o demasiado apurados… O porque simplemente, la autoridad responsable de hacer realidad los fines del Estado, no cumple cabalmente con su tarea.

Cuando la realización de los fines del Estado se convierte en un acto de favor, de misericordia!, cuando las oportunidades caen dentro de las reglas del mercado, predicar el carácter –social– de un Estado que incumple sistemáticamente ese fin fundamental, generar oportunidades, fuente de la verdadera paz, se convierte en una injusticia en sí misma, que debe ser enmendada para la perdurabilidad del sistema, y para facilitar que cada ciudadano pueda cumplir con sus expectativas, sus planes, que cada individuo del territorio colombiano pueda emprender una vida activa dentro de la sociedad, que cada persona tenga acceso a las prestaciones que demanda una vida empoderada y feliz.

Cuando esas condiciones no se cumplen en la mayoría de la ciudadanía, una de ellas, el acceso a las oportunidades, ese estado de cosas que plantea la doctrina constitucional, se traduce en una situación que condena a un sinnúmero de colombianos a enfrentarse contra una infinidad de límites que en su mayoría resultan infranqueables. Unos ciudadanos transitan por el borde de la falta de oportunidades, otros caminan en un borde intermedio, algunos logran alcanzar el anhelado sueño de vivir una vida de oportunidades. Esta es la meta real de aquellos Estados que trazaron ese objetivo como condición misma de su existencia, para lo cual trazaron objetivos muy claros sobre qué tipo de Estado querían, el cómo y cuál nación caminaría dentro de su territorio, participando activamente dentro de la  vida social y democrática, ejerciendo los derechos individuales en cabeza de cada uno de los habitantes del Estado, influyendo dentro de las esferas en las cuales recae la misión de hacer realidad el Estado Social, transformando bienes y prestaciones en capacidades, poniendo estas al servicio de la sociedad para la satisfacción de las necesidades de la gente.

Sin embargo en Colombia la justicia social está fragmentada, debilitada, porque un gran número de ciudadanos han transitado un largo camino de desigualdades, sin disfrutar de los privilegios y de las posibilidades que debe garantizar un escenario democrático. Por eso es difícil trazar una línea que delimite conflicto / posconflicto, porque si bien ha disminuido el uso de las armas, las secuelas de un largo conflicto no sólo se hallan dentro del territorio, sino incrustadas en el alma y en el recuerdo de muchas víctimas, las que aún luchan por salir de las honduras que produce el dolor y la soledad.

Sólo en la medida en que el Estado garantice los mecanismos y las prestaciones para hacer posible la ciudadanía, en aquel momento en que la justicia social opere en realidad y contribuya a la realización de los planes de la gente, habríamos superado las brechas que exacerbaron las injusticias, germen de un largo conflicto que permeó, junto con el narcotráfico y la corrupción, el devenir de un Estado que pasaría a considerarse fallido, inmerso dentro de una narrativa de deshumanización, en la que a un gran número de colombianos les fue arrebatado el rasgo humano, su humanidad quedó a merced del encallecimiento espiritual del opresor.

Por eso es necesario sintonizar paz, justicia y reconciliación, para no frustrar el sueño de todos los colombianos porque esta historia de guerra no vuelva a repetirse, como garantía de un nuevo rumbo para un país que merece una nueva oportunidad, superando las barreras que han impedido su desarrollo, como la intolerancia, la corrupción, la ingobernabilidad y la falta de oportunidades.

Es el momento de realizar los cambios que demanda hacer realidad la justicia social, es el momento de superar las condiciones de ineficacia de la justicia social, profundamente excluyente y fronteriza, poniendo en marcha las transformaciones institucionales, que unan las partes disgregadas que han impedido que las instituciones colombianas cumplan a fondo sus funciones, como verdaderos escenarios que satisfagan las demandas sociales, y como plataformas que hagan posible la solidaridad y el reconocimiento de todos en medio de nuestras diferencias.