lunes, 1 de febrero de 2010

La invención de los derechos humanos - Inventing Human Rights

La invención de los derechos humanos
Inventing Human Rights









                                                            
Lynn Hunt Traducción: Jordi Beltrán.
Tusquets.
Barcelona, 2009. 288 páginas.


El 4 de julio de 1776 se aprobaba la Declaración de Independencia de Estados Unidos, que se convertiría en la primera proclamación de los derechos humanos. ¿Cómo es posible que sus autores, pertenecientes a una sociedad construida sobre la esclavitud, sostuviesen que «todos los hombres son creados iguales» y disfrutan de «ciertos derechos inalienables»?

A partir de esta pregunta, Lynn Hunt analiza con brillantez los cambios experimentados por las mentalidades individuales en el siglo xviii y su influencia en la abolición de la tortura. Asimismo, muestra cómo la Declaración de Independencia estadounidense y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano francesa (1789) contribuyeron a romper con la tradición y la autoridad  establecida, y cómo, en el caso de la Declaración francesa, la lógica revolucionaria abrió un espacio para el debate, el conflicto y el cambio. En su recorrido por la historia de los derechos humanos, hunt estudia la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, para, finalmente, alertar sobre el resurgir de la tortura y la limpieza étnica, la violación como arma de guerra, el creciente tráfico sexual y la esclavitud. Sesenta años después de esta Declaración Universal, las Naciones Unidas  proclamó 2009 el Año Internacional del Aprendizaje sobre los Derechos Humanos.

Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Estas famosas palabras que en 1776 Thomas Jefferson incluyó en la Declaración de Independencia de Estados Unidos manifiestan esa inspiración genial que rara vez se encuentra en los documentos políticos, pero plantean un problema de interpretación: ¿por qué son evidentes tales verdades? ésa es la cuestión con la que se abre La invención de los derechos humanos, el breve e interesante libro en el que la historiadora estadounidense Lynn Hunt (Panamá, 1942) aborda los orígenes de ese concepto, que se universalizaría con la Declaración de Naciones Unidas de 1948.

Su respuesta es que la evidencia no proviene tanto de un razonamiento como de un sentimiento y que, por tanto, los derechos humanos nacieron a partir de un cambio de sensibilidad que se produjo en Occidente en el siglo XVIII, que promovió la afirmación de la autonomía individual y de la empatía hacia los otros seres humanos, cualquiera que fuera su condición. El caso de la tortura proporciona un buen ejemplo. En aquellos años se acumularon muchos argumentos racionales contra la tortura judicial, sobre todo en un libro que el joven aristócrata italiano Cesare Beccaria publicó en 1764, De los delitos y de las penas, que tuvo un enorme impacto internacional. Pero lo decisivo fue el cambio de actitudes que hizo que la tortura, utilizada habitualmente por la justicia europea durante siglos, resultara abominable.

Federico II de Prusia, buen amigo de Voltaire, fue el primer gobernante europeo que prohibió el uso de la tortura en sus dominios, en 1754, en un claro ejemplo de la influencia de las nuevas ideas y sentimientos en los propios monarcas absolutos. Fueron sin embargo las revoluciones de finales del siglo XVIII los que condujeran a las primeras declaraciones generales acerca de los derechos humanos, primero la americana de 1776 y luego la francesa de 1789, cuyo primer artículo proclama que “los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”. Lynn Hunt destaca la importancia que tenían estas declaraciones abstractas, que proporcionaron el marco general en el que luego se debatieron muchos temas concretos. El caso francés es especialmente elocuente. ¿Si todos los hombres tienen los mismos derechos, no los deben tener también los protestantes, los judíos, los negros, incluso los esclavos? En pocos años todos esos grupos minoritarios obtuvieron en Francia la igualdad de derechos. En concreto la esclavitud fue abolida en 1794, aunque Napoleón, para eterno oprobio de su memoria, la restableció en 1802, así es que hubo que esperar hasta otro momento revolucionario, para que fuera definitivamente abolida en 1848. En Estados Unidos la abolición llegó en 1865, casi un siglo después de la declaración de 1776, aunque a nosotros nos parezca una consecuencia inevitable de ésta.

Los derechos políticos de la mujer tardaron incluso más en ser reconocidos. Ello resulta sorprendente, porque las heroínas femeninas jugaron un gran papel en el cambio de los sentimientos promovido por la novela dieciochesca, como destaca Lynn Hunt. Novelas epistolares como Pamela de Samuel Richardson (1740) o Julia de Rousseau (1761) pueden resultar lentas y convencionales para el lector actual, pero en su tiempo tuvieron un impacto enorme. Su estilo epistolar permitía una introspección de los personajes que generaba en los lectores una fuerte corriente de empatía. Como tantas otras obras fundamentales, Pamela fue incluida por Roma en su índice de libros prohibidos, pero cuando su autor murió en 1761 Diderot lo comparó con los más grandes escritores de todos los tiempos. Diderot fue muy consciente de la importancia moral de los sentimientos que las novelas podían trasmitir a sus lectores: “Uno se siente atraído hacia el bien con una impetuosidad que no conoce. Ante la injusticia, uno siente una repugnancia que no sabe cómo explicarse”.

El cambio en los sentimientos no llevó sin embargo a la aceptación de la igualdad de derechos entre ambos sexos. La Francia revolucionaria amplió los derechos civiles de la mujer, pero le negó los derechos políticos. Es significativo, sin embargo, que fuera en aquellos años cuando se levantaron las primeras voces en defensa de la igualdad entre hombres y mujeres. En 1790 el marqués de Condorcet escribió que los derechos de los hombres se derivaban de que eran seres sensibles, capaces de adquirir ideas morales y de razonar, y puesto que las mujeres tenían esas mismas cualidades, tenían necesariamente iguales derechos que los varones. En 1791 la escritora Olympie de Gouges, que se destacó también en la lucha contra la esclavitud, redactó una declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana, en la que proclamó: “la mujer nace libre y permanece igual al hombre en sus derechos”. Y al otro lado del canal de la Mancha Mary Woolstonecraft publicó en 1792 una Vindicación de los derechos de la mujer, que fue recibida con escándalo.

Olympe de Gouges fue guillotinada durante el terror jacobino. La guillotina fue concebida inicialmente como un instrumento humanitario, que permitía morir al condenado con un mínimo de dolor, en contraste con algunos de los atroces procedimientos empleados en el Antiguo Régimen, pero su uso indiscriminado con fines de persecución política reveló lo pronto que la revolución francesa abjuró en la práctica de los nobles principios que había proclamado. Los derechos humanos son frágiles. A lo largo de un siglo y medio su avance fue importante, pero fue acompañado de retrocesos, sobre todo en la primera mitad del siglo XX. Se afirmaron nuevas ideologías que los menospreciaban en nombre de la Nación, la Raza o la Revolución. La actitud de Marx era típica de una nueva mentalidad que se creía más realista y que, en realidad, ponía en peligro los principios morales defendidos por la Ilustración. En 1843 escribió que los llamados derechos humanos partían de una concepción egoísta del hombre, al que consideraba como un ser aislado y no como parte de una clase o comunidad. Garantizaban la libertad de culto y el derecho de propiedad cuando lo que la humanidad necesitaba era librarse de la religión y la propiedad. Y por supuesto Marx era un humanista en comparación con los siniestros propagandistas del racismo, cuyas ideas se difundieron con fuerza desde fines del siglo XIX.

Europa tuvo que pasar por la experiencia atroz del nazismo y del holocausto antes de que las Naciones Unidas dieran el paso decisivo que representó la Declaración Universal de Derechos Humanos. Inicialmente el proyecto de incluir tales derechos en la carta de Naciones Unidas fue rechazado tanto por Gran Bretaña, que temía su impacto en los territorios coloniales, como por la Unión Soviética. La presión de la sociedad civil fue importante para que el proyecto de una declaración cobrara fuerza en Estados Unidos y Eleanor Roosevelt se convirtió en presidenta de la comisión que la elaboró. Finalmente, el 10 de diciembre de 1948 la Asamblea General aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, con cuarenta y ocho votos a favor y con la abstención de ocho estados del bloque soviético. Sesenta años después su vigencia en muchos países sigue siendo muy limitada.
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A continuación la Introducción del libro:


A continuación la intervención de la profesora Lynn Hunt exponiendo el tema "Inventing Human Rights" en la Universidad de California: Lynn Hunt, profesora de la Universidad de California (UCLA) de historia moderna europea, analiza la génesis de los derechos humanos, un concepto que sólo llegó a la vanguardia durante el siglo XVIII. Cuando la Declaración de Independencia norteamericana declaró que todos los hombres son creados iguales, y los franceses proclamaron la Declaración de los Derechos del Hombre durante su revolución, que traía una nueva garantía para el mundo. Pero ¿por qué entonces? ¿Cuál fue el origen o la causa de estas declaraciones?