lunes, 8 de diciembre de 2008

Navidad: la justicia y el derecho


Navidad: la justicia y el derecho


Ricardo Arrieta Castañeda

Santa Marta, diciembre 8 de 2008.

Todos los textos bíblicos que la Iglesia nos presenta en estas semanas previas al nacimiento del niño Dios se orientan hacia una espiritualidad cuyos rasgos centrales son: la esperanza de “los nuevos cielos y la nueva tierra”; la vigilancia, para estar atentos a la venida del Señor en la historia y para saber preparar los caminos para esta venida; y la alegría frente a la novedad de un Dios que nos ama hasta tal punto que envía a su propio Hijo para salvarnos y que quiere hacerlo todo nuevo.

Para los creyentes, ¿tiene algo que ver todo esto con nuestro presente y el de nuestro país? A primera vista parecería que estas vivencias religiosas se sitúan en otra esfera ajena a lo que son nuestras preocupaciones cotidianas. Pero quizás este tiempo puede servirnos precisamente para profundizar en el verdadero significado espiritual de este Adviento y de la Navidad del 2008

Ese Niño que dentro de unos días vamos a acoger con ternura y festejar, trae en su desvalimiento un mensaje hermoso y desconcertante. El ha venido -y sigue viniendo a nuestra historia permanentemente- con un programa muy sencillo: decirnos que Dios es nuestro Padre, que ama con especial predilección a los pobres y que quiere que reine sobre la tierra la justicia y el derecho.

Justicia. Según el Instituto Bartolomé de las Casas, parece una mala palabra en este siglo XXI transido por la desigualdad, en el que según un estudio recientemente publicado por el Instituto Mundial para la Investigación de Desarrollo Económico de la ONU, el 1% de adultos más ricos posee el 40% de los activos globales, mientras que la mitad más pobre de la población sólo es dueña del 1% de la riqueza global. Justicia. Palabra que se evita y se margina, porque no se ajusta al dogma terreno de la competencia y el mercado. Palabra prohibida, y para algunos pasada de moda, igual que su compañera inseparable: la solidaridad.

Quizás una mirada al hoy de Colombia nos sitúe frente a una cierta opacidad de la presencia del Señor. No parece fácil vislumbrar su presencia en estos tiempos. Otras valoraciones que no son las evángelicas parecen absorber nuestras preocupaciones como comunidad nacional.

Basta salir a las calles para encontrar la miseria y la desigualdad adueñándose de cada rincón de nuestros pueblos y ciudades. Es suficiente con leer cualquier diario para ver como se incrementa la violencia delincuencial. O escuchar el dolor y la indignación de los miles de jubilados a los que se les arrebata mes a mes su dignidad y sus derechos. U observar a los niños de la calle con sus rostros surcados por igual de inocencia y rebeldía. O recorrer los pasillos del poder judicial. Todo ello nos habla de una ausencia clamorosa de humanidad y de justicia.

¿Qué celebraremos entonces en esta Navidad? Eso, precisamente eso: el amor y el desafío de un Niño que viene a invitarnos a cambiar este mundo al revés. A hacernos como, Jesús, solidarios con los sufren la marginación y la injusticia. El Niño viene a decirnos que, si creemos en El, nuestra vida debe ser un esfuerzo permanente para lograr la justicia y el derecho.

Afirmar esto e intentar vivirlo es ir contracorriente. No es eso lo que nos evoca el ambiente navideño comercial. Son días más bien en que los que se afirma el imperio de la desigualdad. Nunca como en estas fechas resulta tan estridente la miseria y la marginación. El dolor y la carencia de muchos contemplando la insensibilidad y el derroche de otros.

La alegría profunda que esta fiesta religiosa esconde tras la sencillez de un pequeño, nacido en un pesebre de un pueblo humilde, solo se revelará a nosotros si acogemos en nuestro corazón su mensaje, nos proponemos reivindicar la justicia y nos comprometemos a vivir de tal manera que logremos que algún día la Navidad sea feliz para todos.

Porque de lo que se trata es de preparar los caminos del Señor no de una forma pasiva, sino con el compromiso temporal en la construcción de un mundo más humano y fraterno. Así, la celebración del Adviento y de la Navidad no es una fuga, sino un estímulo; hay que ir preparando este mundo para el día del Señor.

Lo anterior puede sonar a un propósito ingenuo, en medio del clima de escepticismo en que vivimos, en que la desconfianza entre nosotros es moneda de todos los días. Pero algo hay que hacer para cambiar este mundo tan alejado del mundo que Dios soñó para nosotros y que nosotros mismos anhelamos. Quizás lo primero es resucitar la confianza en el cambio. Creer que así como los seres humanos somos capaces de lo peor también somos capaces de dejar aflorar lo más noble que hay en cada persona. Es lo que Dios quiso decirnos en el pesebre: que no era una locura ni un sueño confiar en el hombre. El, siendo Dios, pensó que valía la pena arriesgarse y hacerse uno de nosotros. Esa confianza en uno mismo y en los demás es uno de los mejores regalos que podemos hacerles a los nuestros, a Colombia y a nosotros mismos en esta Navidad.