lunes, 23 de enero de 2017

Derechos humanos, construcción de paz y capacidades


En el 2016 fuimos testigos de un evento histórico: la firma de la anhelada paz, de la paz que ha de germinar de los suelos del país, del interior de todos los colombianos.

La perspectiva que debe imprimirse dentro de este proceso no puede ser improvisada, sino aquella que sea coherente con la construcción de un nuevo país, en el que cada colombiano sea reconocido en pie de igualdad, y que se le brinde las mismas posibilidades, garantías y mecanismos para hacer realidad sus sueños y esperanzas.

Sin duda toca poner en orden la casa, debemos poner en orden la realidad de compartir un territorio, pero en el que no nos implicamos, no nos reconocemos mutuamente dignos, ni trabajamos por un propósito común. Una nueva dinámica que abone el terreno para el logro de un país con una ciudadanía consciente de compartir una misma historia, y que debemos trabajar mancomunadamente para hacer posible la convivencia, a través del respeto por el derecho ajeno, el ejercicio de la tolerancia y de la afirmación de nuestras diferencias.

Poner en ejercicio el marco de las capacidades y la política de la afirmación de la diferencia, brindaría una forma sensata de darle un norte a la idea de nación, que a la vista resulta líquida, desoladora, sin prometer una idea de esperanza a la ciudadanía. Por ello, resulta crucial el actual momento histórico, porque más allá de la firma de la paz, es el momento de dejar a un lado nuestras diferencias, nuestra individualidad egoísta, y ponernos en sintonía con la necesidad de la apertura al diálogo, al encuentro y a las conversaciones que promuevan la superación de los bordes que han impedido que Colombia se desenvuelva dentro de un ambiente de cordialidad y libertad.

Debemos ser conscientes que para lograr el país que anhelamos, resulta necesario mirar en perspectiva, y que si los errores institucionales, gubernamentales han causado hondas fisuras, nos corresponde extender los brazos, apretar las manos y no dejar que el puente de la paz cordial se debilite y volvamos a caer al abismo del desprecio y de la incomprensión.

El sueño de la paz no puede ser tomado con desdén, en este momento histórico no resulta sensato afirmar que no nos compete. Esta indiferencia es combustible para el conflicto, para que algunos continúen justificando la guerra por encima de la anhelada paz.

La construcción de la paz inicia con el respeto y garantía de los derechos humanos, reconociendo la importancia de la vida humana y el valor de cada experiencia del individuo, con la apertura a las posibilidades para que cada ciudadano en Colombia tenga acceso a la calidad de vida, como aspecto focal del enfoque de las capacidades relativo a la igualdad de oportunidades donde cada persona pueda hacerse cargo de su vida, de sus emociones, de su propia historia. Para que la paz sea una meta alcanzable resulta imperioso promover la justicia en aquellas poblaciones que han estado marginadas, oprimidas, deshumanizadas y apartadas de las oportunidades que hacen posible el igual desarrollo de sus capacidades, la vida en sociedad y lograr una vida próspera y feliz.

Si dentro de un escenario de posconflicto no se trabaja por consolidar la paz desde esta perspectiva, se habría desperdiciado un trabajo muy significativo para avanzar hacia otro escenario. Ese escenario al que aspiramos los colombianos, un escenario de desarrollo, de respeto a los derechos, de transformaciones, de oportunidades, de equidad y de justicia social.