miércoles, 26 de noviembre de 2008

LA HISTÓRIA Y LOS JUECES


LA HISTÓRIA Y LOS JUECES

El profesor Juan Antonio García Amado de la Universidad de León, España, expone que uno de los hábitos estúpidos de nuestro tiempo es la juridificación inmediata de los problemas sociales de cualquier tipo, esa convicción de que cualquier injusticia, todo desajuste y el mal funcionamiento de lo que sea se arreglan dictando unas cuantas normas de Derecho y organizando unos cuantos juicios, a ser posible bien espectaculares y con los medios de comunicación repartiéndose los papeles de fiscal -sobre todo- y defensor paralelos. Ya no hay más tiempo que los plazos procesales, pasado, presente y futuro se funden en una pura representación en los estrados de los tribunales. Contra toda dolencia social, pleito y tente tieso; y frente a cualquier padecimiento de un individuo, alguien tendrá que pagar, previa sentencia, ya sea el médico que no lo curó a tiempo por no ser un genio de la medicina y la adivinación, ya sea el vecino que fumaba en tiempos a su lado, ya el municipio que no evitó que en su calle hubiera tantos ruidos. Antes se decía aquello de el muerto al hoyo y el vivo al bollo; ahora debería cambiarse por lo de el muerto al hoyo y el vivo al juez que reparte bollos.Un ejemplo de tantísimos es lo que viene sucediendo con la cuestión de la llamada memoria histórica. En verdad hay unos cuantas circunstancias muy lamentables y tristes. No parece fácilmente justificable que tantos familiares no hayan podido averiguar dónde yacen los restos de sus parientes asesinados por los violentos o que, sabiendo dónde están, no hayan podido hacerles el pequeño homenaje de una sepultura digna y una ceremonia de amor y recuerdo. Y luego está algo seguramente más delicado, pero que a un servidor le produce un peculiar morbo político-intelectual, si así se puede decir. Hay una parte de ese pasado que los historiadores no han desenterrado suficientemente, por razones tal vez comprensibles. Es la memoria de los que apretaban el gatillo, de los que formaban las bandas y pelotones que fusilaban. Se sabe quiénes lo hicieron con uno o con otro, pero, ¿por qué no se ha averiguado en muchos casos más?Sinceramente, aunque se descubriera que aún viven algunos de aquellos que que cometieron esos delitos, no tendría ningún interés en que un juez hoy los condenara, con penas y argumentos de valor meramente simbólico.Pero sí me gustaría saber, enterarme de quiénes fueron en concreto los que aquel día dispararon o aquel otro violaron a una madre indefensa. Me gustaría que alguien diera con sus nombres y, si alguno vive, les preguntase, y que ellos pudieran hablar, sincerarse ya sin temor, bien sea para acallar su conciencia, si es que algo de tal conservan, bien para que las generaciones posteriores podamos y puedan comprender qué ocurrió y qué ocurre siempre en coyunturas de violencia interna y enfrentamiento entre bandos poseídos por la furia fratricida.Creo que para muchos, entre los que me cuento, a estas alturas el afán de saber es mucho más fuerte que la necesidad de juzgar. En cierto sentido, ya juzgaron la historia, precisamente, y la sociedad toda. Y en lo que a dichos juicios se haya escapado, llegamos muy tarde. ¿O acaso necesitan los grupos violentos una sentencia condenatoria para que quede patente su oprobio y su falta de legitimidad? ¿Tanto creemos en el poder mágico, taumatúrgico, del Derecho y de los jueces? ¿A estas alturas vamos a sustituir la ciencia social y la historia por druidas con toga?La juridificación y la judicialización penal del tema seguramente cierran la última puerta para conocer algunas verdades que todavía nos inquietan a los que primamos la reflexión sobre la retaliación, una vez que ha pasado el tiempo. Esas verdades que podrían contarnos los protagonistas y los testigos, no sólo por el lado de las víctimas, sino especialmente por el lado de los verdugos y sus secuaces. Porque, al igual que, en escala mayor, los historiadores se siguen preguntando qué llevó durante el nazismo a tantos alemanes, que eran probos ciudadanos y gentes del montón, a convertirse en especialistas en el tiro en la nuca y en las más diversas técnicas de exterminio, también de muchos de nuestros “conciudadanos” deberíamos saber qué sentían cuando disparaban su fusil contra personas que tenían las manos atadas, por qué obedecían, si podían dormir después y cuánto tiempo fueron perseguidos por el recuerdo de esos momentos. Y, si alguna posibilidad queda de que alguien de entonces nos hable de todo esto, no será precisamente ante un tribunal de justicia y bajo los flashes de los periodistas y los focos de los reporteros.Lo apropiado es la localización de todos los restos posibles, debe compensarse a las familiares de las víctimas cuando menos con este pago moral por parte de la sociedad, y dejar que después de tantos años recuperen los restos de los familiares y amigos perdidos, sin embargo, no perdamos de vista que nuestro sistema judicial anda colapsado y por ello mantenemos en la calle maltratadores, violadores, pederastras, y demás delincuentes, quizá no sea el momento oportuno para desviar esfuerzos y medios a esta nueva "cruzada", pero cuándo sería el momento.El Derecho es lo que es y sirve para lo que sirve. Pero no vale para otras cosas. La técnica jurídica ni puede sustituir la reflexión moral ni puede reemplazar el juicio de la historia. Pero lo que entre nosotros está pasando, y no sólo en este tema de la llamada memoria histórica, es que el debate supuestamente jurídico ocluye otras discusiones que sí caben aún y que sí tienen un sentido para nuestras vidas y las de las generaciones que vienen. De la época de la violencia deben hablar los historiadores, en los crímenes de entonces, sean del bando que sean, tienen materia para su reflexión los tratadistas de ética y de filosofía política. Del conocimiento documentado de los horrores actuales debemos aprender todos los ciudadanos. Y a los muertos, todos, hay que enterrarlos dignamente, lavar su nombre, respetar su recuerdo. Sin que ningún juez les hurte el protagonismo ni utilice como moneda de cambio su memoria. Que se hable de los muertos, que se les rece, que se les llore. Pero que no vuelvan a quedar enterrados, ahora bajo un alud de leguleyos ociosos, de políticos demagogos y de jueces narcisistas.

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